“Estamos fuera de cobertura” en el bullying.

El orientador Mario R. Lara Ros comparte con nosotros sus reflexiones, desde una mirada crítica, acerca de la importancia de la educación emocional o las metodologías de enseñanza, a la hora de prevenir y enfrentarnos al bulliyng. 

Desde un enfoque socio-neuro-cognitivo y también psicopedagógico nos encontramos con que el alumnado, con los matices y las adecuaciones propias del momento evolutivo por el que están transitando, poseen unas emociones que emergen de ese cerebro primitivo, reptiliano o límbico. ¿Más concretamente? De su amígdala.

Emociones que las personas, adultos o niños, no podemos controlar su emisión: no podemos (ni debemos) evitar sentir nuestras emociones. El control lo ejercemos sobre la gestión y la manifestación, exposición, inhibición, etc., de las mismas.

Cuando esas emociones son perdurables o estables en un intervalo medio de tiempo, se transforman en sentimientos o estados emocionales más duraderos o estables.

En el siguiente nivel se encontraría el cerebro pensante o gestor, gracias al cual gestionamos metacognitivamente la interpretación mental que le damos a esos sentimientos y emociones. A continuación, estaría el cerebro ejecutor o decisional, en el lóbulo frontal, o más concretamente, en la corteza cerebral, que es donde radica la Memoria de Aprendizaje o Memoria Ejecutiva o Memoria de Trabajo. Esta es la que aglutina, codificando, decodificando, evaluando todo ese conjunto de emociones, sentimientos y pensamientos para llevar a cabo o para inhibir una determinada conducta, agresiva, si es el caso. Tratándose de procesos íntimamente conectados no podemos centrar nuestras estrategias únicamente en las conductas manifiestas: pseudo-objetivamente observables.

Las conductas propias o inherentes a una dinámica de bullying, que son ya constatables prácticamente desde 3º de E.P., además de los perfiles asociados o implicados en estas dinámicas: victimas, agresores o bullys, victimas-provocadores y observadores;  son fruto de todo un entramado de relaciones e interrelaciones que se producen en el contexto escolar de prácticamente todos nuestros centros educativos, o que emanan o tienen su origen en el mismo, como es el caso del ciberbullying. Este último, por cierto, está cada vez más presente ya desde 5º y 6º de E.P. Todas estas conductas se dan con una mayor prevalencia entre los 9 y 11 años en E.P., y entre los 12 y los 14 en ESO.

No “levantar la alfombra” para barrer-limpiar-analizar con ojo crítico todas esas interconexiones existentes entre emociones, sentimientos, pensamientos y conductas manifiestas, nos abocará a un abordaje de cuestionable eficacia y de dudoso calado para prevenir situaciones futuras de semejante índole.

El trabajo realizado desde la Orientación Educativa, sensibilizando al profesorado y, más concretamente, a los tutores/as, aportando estrategias y/o recursos, además de Programas específicos de Educación Emocional o Talleres de Habilidades Sociales, que estén contextualizados y con un carácter vivencial-experiencial y prioritariamente TRANSVERSAL, no “encorsetado” en la hora de tutoría, facilitaría-fomentaría-entrenaría-empoderaría la regulación emocional de nuestros niños y adolescentes como factor de protección y prevención.

De todos es sabido que la regulación emocional resulta esencial en el funcionamiento adaptativo de los sujetos desde su más tierna infancia. Una mala regulación emocional nos aventura el riesgo de encontrarnos con respuestas psicopatológicas y problemas de conducta tanto externalizantes como internalizantes, entre los que las situaciones de acoso entre iguales tienen una presencia evidente.

En síntesis, de lo que se trataría aquí cuando queremos intervenir con los perfiles de una víctima, de un agresor, de una víctima-provocadora o de los observadores-expectadores de una dinámica de bullying es precisamente aspirar a la EFECTIVIDAD, moviendo tan solo la “E” por una “A”, es decir: de movernos en y desde la AFECTIVIDAD.

El analfabetismo emocional, que subyace a muchas dinámicas de bullying en nuestras aulas, está perpetuando que estas sigan presentando una prevalencia que es geométrica: cada vez se dan más y resultan ser más graves o tener mayor impacto.

Pero no solamente deberíamos priorizar este tipo de perspectiva metodológica o de abordaje con relativa independencia de las medidas de carácter disciplinario, o recogidas en los Planes de Convivencia o los RRI, cuyo escaso poder pedagógico es evidente. Sino que el hecho de cuestionarnos, de analizar crítica y constructivamente qué entornos estamos construyendo, qué escenarios son los que están a la base de esa cada vez mayor presencia de conflictos enquistados y de agresiones o malos tratos entre menores, es igual o más importante.

Dicho de otro modo: políticas “miopes” que promulgan la competitividad más lacerante, feroz y amoral, en lugar del entrenamiento neuro-cognitivo y el desarrollo de las competencias, con especial hincapié en la competencia en aprender a sentir, a pensar y a hacer, están promulgando un entorno social, el AULA, en el que la individualidad es la norma, campa a sus anchas.

Políticas como las del Ministerio de Educación no disfrutan del viaje y de la aventura que es aprender en y con los otros, y sólo tienen puesta la mirada en la meta: en los productos, en la rentabilidad medida obtusamente, y casi en exclusiva, en contenidos conceptuales que se valoran como aprobados o suspensos. Resulta totalmente inoperante obviar los contenidos actitudinales y procedimentales de nuestro currículo y de las programaciones, cuando son, realmente, los contenidos más propedéuticos que pueden alcanzar o desarrollar nuestros alumnos para afrontar este futuro que ya es presente. Una de las consecuencias de esta forma de trabajar en los centros educativos es el impacto cada vez mayor del bullying y el ciberbullying.

Los modelos educativos que reproducen un modelo de sociedad competitiva y escéptica, en el que la inmediatez en la satisfacción de las necesidades con el menor coste posible y a cualquier coste moral; los modelos que priman resultados anteponiéndolos a los procesos; sociedades y culturas donde el individualismo nos inmuniza contra el dolor ajeno y donde la motivación de logro se canjea por la ambición; encuentran su correlato y su cómplice en nuestro modelo educativo. En lugar de servir de revulsivo y de origen de sentido crítico y de propuesta de formulaciones solidarias, emprendedoras desde lo común o que se recreen en el placer de compartir los procesos de aprendizaje.

Hablando de aprobados y suspensos…estamos suspendiendo los Orientadores y los docentes, en general, en metodología pues fomentamos y perpetuamos un modelo de educación absolutamente obsoleto para una población, prioritariamente de “pseudo-nativos digitales”, a los que estamos ofreciendo un contexto salvajemente analógico, hostil, etiquetador y/o clasificador, ajeno, desmotivador, anclado en el siglo XIX y mediados del XX, en el que solo les pedimos que nos dejen continuar con nuestra obsesiva intención por que aprendan de forma repetitiva y/o no significativa, además de individualmente: sin apenas tener oportunidades de ejercitar, de “hacer”. Solo importa “saber”. ¡Qué rancio y caduco me suena!

La maravillosa aventura de aprender en y del otro, el espíritu investigador que hay tras la curiosidad innata de un niño de E.I., y que para si quisiera un agente del CESID, no encuentra cobertura en el contexto de nuestras aulas. El potencial arrollador que ofrece el poder equivocarse sin ser penalizado por ello solo se les permite a nuestros niños y/o adolescentes en los soportes digitales y siempre en contextos extraescolares.

¿Y nos quejamos de lo enganchados que están a las TICS? Ahí la aventura de aprender es aventura real y la curiosidad se expande a sus anchas reto a reto.

La idea que planteo aquí es que “debemos invertir los retos”. Es decir, no retemos a nuestros alumnos a que alcancen los objetivos curriculares conceptuales de una determinada área desfragmentada, descontextualizada y sin significatividad ni funcionalidad ninguna. Dejemos que sean ellos los que nos reten a nosotros con su curiosidad e interés por descubrir. Significa “estar fuera de cobertura”, continuar pretendiendo que nuestros alumnos enmarquen sus potencialidades en las 4 esquinas de un libro de texto.

Organizar las aulas como talleres de investigación en los que cada alumno aporta y recibe lo mejor de sí y de los demás en unas dinámicas de generosidad, empatía y escucha activa redirige las miradas hacia los procesos. Los contenidos, los conceptos, deben ser la excusa para ejercer el viaje o la aventura de aprender e investigar con otros, pero no el objetivo ni la meta a perseguir.

El privilegio que supone ser acompañantes-mediadores en esa aventura de aprender de nuestros niños y adolescentes como docentes, no está escrita en la supuesta “guía de viajes” de las editoriales Santillana o Edelvives de Matemáticas o de Lengua de 4º de E.P. o de 2º ESO.

En semejante hedonismo, placer o confort, en esas dinámicas de equipo real, de apoyo, de integración efectiva y no marginal, de descubrimiento colectivo de TODOS en TODOS y con TODOS, es donde encontraremos una de las mejores estrategias para prevenir e intervenir en estas dinámicas de bullying. La víctima o el agresor ya no será un sujeto entendido individualmente, sino que TODA la clase es el agresor o es la víctima. TODOS somos corresponsables de perpetuar estas dinámicas o de corregirlas y/o reconducirlas.

Pues en una clase cohesionada que trabaja por proyectos ningún alumno percibirá dicho contexto como hostil o se sentirá fuera del grupo o marginado del mismo. Al igual que ninguno se percibirá con derecho a priorizar o imponer su individualismo a los demás.

Desde contextos cooperativos y colaborativos estamos fomentando esa sensibilidad interpersonal como factor de protección de esas dinámicas, y la solidaridad y empatía en nuestros discentes.

Y, por último, debemos recordar el potencial que tienen las neuronas espejo para la construcción del aprendizaje en habilidades sociales, pues los modelos de conducta que nuestros alumnos y adolescentes contemplan en sus padres, en sus iguales y en sus profesores les aportan una “hoja de ruta” sobre cómo abordar la resolución de los problemas interpersonales con los que se enfrentan a diario.

No obstante, todo lo dicho hasta ahora, la iniciativa personal con propuestas metodológicas solidarias, cooperativas, con la afectividad como origen y término de la efectividad de un gran número de profesionales de la docencia, viene siendo mucho más común de lo que podríamos pensar, pero siempre con el sobreesfuerzo de estar remando contra corriente porque ni las políticas ni las legislaciones educativas van caminando en esa línea.

El reto pues, no es que nos escuchen sino escucharles nosotros a ellos. Pues una dinámica de bullying o de ciberbullying no es otra cosa que una “tarjeta roja” o una bofetada con la mano abierta a la metodología imperante en nuestras aulas. Es una consecuencia que emerge de unos escenarios construídos para ellos, pero sin ellos. En la medida en que ampliemos la perspectiva y la intervención desde las individuales-semáforo en rojo- que son la víctima o el agresor hacia la ecología que implica a todos los agentes educativos y a la metodología de trabajo en las aulas, estaremos, además de prevenir, interviniendo de forma eficaz en el bullying.

Mario R. Lara Ros

Orientador Educativo Conselleria de Educación. Comunidad Valenciana

Psicólogo Clínico especialista en Niños y Adolescentes

@mariolararos

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s