PTSC: en peligro de extinción

“Queridos amigos (pausa) de la fauna (pausa) ibérica. En nuestro programa de hoy nos encontraremos con uno de los más desconocidos representantes de la fauna de nuestros bosques: el lirón careto”.

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Fuente: Encore Heureux

Los lectores de cierta edad habrán leído el comienzo de este artículo con el tono que le imprimía el inconfundible naturalista Félix Rodríguez de la Fuente a sus documentales de naturaleza. Tras estas primeras palabras, aparecían ante nuestros ojos los secretos mejor guardado de alguna especie propia de nuestras tierras y que una vez desvelada permanecía en nuestra memoria largo tiempo, como el pequeño lirón careto.

Igualmente inolvidables aspiramos a ser los actualmente desconocidos “PTSC”, miembros de una especie que nunca fue demasiado numerosa pero que en la actualidad queda recogida dentro de “El libro rojo de las especies amenazadas y en peligro de extinción. O ¿acaso sabes, sabe usted, lo que es un PTSC?

¿Cuántas personas conoces que sean capaces de definir qué es un PTSC? ¿Qué labores desempeña? O, simplemente ¿qué significan las siglas de su nombre?

Aunque he visto referido el término “paquistaní” asociado a los orientadores, la primera vez que lo escuché fue en boca de un antiguo compañero de fatigas socioculturales “Ah ¿eres PTSC? ¿Ya sabes cómo los llaman?” seguido de un “Así que te has hecho poli de instituto”.

Es cierto que las siglas tienen tela: Profesor Técnico de Servicios a la Comunidad. Lo de “Técnico” nos viene de pertenecer al Cuerpo de Profesores Técnicos de Formación Profesional (los profesores de taller de toda la vida) y lo de “Servicios a la comunidad” resulta ser la familia profesional de FP en la que nos encuadramos: formando en los aspectos prácticos a futuros integradores sociales, educadores infantiles, animadores socioculturales, técnicos de atención a la dependencia, mediadores, técnicos de igualdad (permítaseme el genérico masculino a pesar de que el grueso de nuestro alumnado tiende a ser femenino). Cómo llegamos a formar parte de la red de orientación socioeducativa es una larga historia con trasfondo político y administrativo que dejaremos para otra ocasión.

Pero el caso es que llegamos. Empezamos a formar parte de Equipos de Orientación Educativa y Psicopedagógica, de los Departamentos de Orientación de los IES, de los Centros de Educación Especial, de los Centros Educativos Terapéuticos, de las Aulas de compensación Educativa, de la Unidades de Formación e Inserción Laboral, de algunos Centros de Educación Infantil y Primaria… Éramos maestros, trabajadores sociales, educadores sociales, psicólogos, psicopedagogos e incluso algún que otro biólogo o geógrafo despistado, muchos procedentes del ámbito no formal, o de los servicios sociales y todos con una gran ilusión e interés por la intervención socioeducativa, la inclusión y la compensación de desigualdades. Presentándonos o siendo presentados a las familias (y a veces a los compañeros) como “el trabajador social del instituto” o “el educador social del instituto”. Inexacto, pero breve.

Asumimos la parte más “social” de la orientación educativa, aquella relacionada con la situación socioeconómica de las familias, con las habilidades sociales, con la resolución de conflictos, la prevención e intervención en conductas de riesgo, el acoso escolar y, cuando llegaron, las redes sociales. La detección e intervención en situaciones de riesgo psicosocial como el abandono, la falta de habilidades parentales u otros tipos de maltrato (incluido el abuso sexual) o nuestro producto estrella, el absentismo escolar, nos llevaron a colaborar en red con organismos externos a los centros educativos, convirtiendo a los PTSC en buenos conocedores de los Servicios Sociales y otros recursos.

Aquellos fueron los buenos tiempos, cuando un centro educativo podía contar con hasta dos orientadores y un PTSC a jornada completa (asociado al famoso “Programa de Compensatoria” y por lo tanto nunca en plantilla).

Y entonces comenzó el declive. Como en tantos asuntos, la administración pensó que al fin y al cabo los PTSC no daban clase y no hacían tanta falta. Que sus labores las podían cubrir perfectamente entre los orientadores, los jefes de estudios y los tutores. Que menos es más. Llorando mucho, los directores más intrépidos podían conseguir medio (a profanos y novatos eso de “medio profesor” les suena como a cosa imposible ¿cómo va a ser medio profesor?). Y quitandolo del cupo. Hay que estar muy concienciado para cambiar medio de matemáticas por medio de orientación “total, para atender a esos chavales que no tienen remedio”.

Y así nos encontramos que la última oposición a PTSC en Madrid fue en el año 2010. Que en la lista de interinos los aprobados sin plaza son cientos (y no precisamente aprobados raspados, hablamos de ochos, nueves y dieces). Que el pasado curso escolar 2014-2015 interinos con vacante (porque son vacantes, aunque el papel diga sustitución y te despidan a 30 de junio) fueron menos de diez, la mayoría en jornada parcial. Que los que trabajan pasan de los diez años de experiencia. No hay novatos entre los PTSC. Y todos hemos pasado por todos los ámbitos.

Peor aún: que normalmente a fecha de finales de septiembre todos los cursos hay unos 80 funcionarios de carrera en expectativa de destino (aquí ya nos estamos poniendo muy técnicos, si me sigues hasta aquí es que eres docente, o familiar de docente) que siguen en su casa a la espera de que la administración les asigne destino. Mientras, muchos centros siguen desatendidos, entre ellos muchos de los antaño considerados “de especial dificultad” (como si no hubiera chavales en desventaja en todas partes). Por no hablar de las dificultades que genera, en un ámbito tan sensible como el nuestro, que el profesional al cargo de la intervención cambie cada año. Vuelta a empezar a conocer a las familias, a establecer relaciones de confianza, a acercarse a profesores y tutores, a conocer la realidad del barrio, a realizar contactos con los recursos de la zona…

De este modo, muchos maestros y profesores no han visto nunca en su vida profesional un PTSC y puede que ni siquiera hayan oído hablar de ellos. Por no hablar de la población en general (“Tu cuñado es profesor ¿no?” “ Sí, es PTSC” cricri, cricri). Para otros somos como el pequeño lirón careto o la Amazonía: sólo nos conocen por los documentales. Puede que pronto no seamos más que un breve texto en un antiguo libro de educación. Un exótico miembro de la fauna educativa, ahora extinto. Como el dodo.
Mónica Garrido

Mónica Garrido

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